Siete cosas que odio en una teibolera

Publicado: 17 agosto, 2010 en De todo un poco
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Gracias a un tweet de mi amigo Alberto Acuña di con esta nota que se publicó el 24 de diciembre del 2009 en el diario Milenio, y que antes de que se pierda en la posteridad de la web, este su pecador amigo quiere compartir con ustedes.

La nota es íntegra, las imágenes que ilustran son un arduo trabajo de investigación iconográfica de su servidor.

Siete cosas que odio en una teibolera

Después de un acendrado tour por algunos congales de Ecatepec, la Roma, la Zona Rosa, Veracruz, Gómez Palacio, Monterrey, Torreón y Hermosillo he llegado a la conclusión de que, por mucho que ame estas sagradas instituciones, también debo aceptar que existen cosas desagradables en torno al oficio de la encueradera

2009-12-24 • El Ángel Exterminador

El parroquianismo ultroso ha engendrado templos que rinden tributo a la carne sin fin. Dentro de estos tugurios habita una especie rotunda mitad alienígena-mitad lagartija del desierto de Mayrán: la teibolera. La fama de la tablita se debe a la calidad de las pieles que la conforman, pero también su fracaso es síndrome culposo del mal servicio que proveen algunos establecimientos. Como las glorias del gran Púas, la golden age de algunos antros ha quedado atrás, es entonces cuando entrar a un teibol se convierte en una remake de El regreso de los muertos vivientes. Y como gallinazos en la obra de Fernando Vallejo, las teiboldanceras se dejan caer transilvanotas por tu mesa con la esperanza de que les acompletes el martes del mandao.

Cuando eso sucede, es síntoma aguamielero que dentro del mismo lugar existen ejemplares de alcurnia. Y la teiboltorta que sobresale trae detrás a cuatro o cinco clientes perreándola. No importa que esté más aplaudida que una canción de Los Alegres de Terán, si está menos tirada al cuás que las otras, se valerá de eso para venderte el pan duro a precio de repostería alemana. En cualquiera de los dos casos, quien sale perjudicado es el cliente. Por tal motivo, a continuación presentamos las siete cosas más detestables en una teibolruca. Para que llegado el momento de enfrentarte a un engendro de esta naturaleza hagas una crucecita con la mano y repitas: “Cruz, cruz, cruz, que se vaya el diablo y que venga Jesús”.

7. El súbito paracaidismo

No es que yo sea de esos amantes a la antigua, pero detesto que apenas entra uno al local se abalancen sobre ti como el perro aquel al que apenas le abren la puerta sale hecho madres. El teibolerismo, como el pilates, necesita de calentamiento. El cliente debe evaluar, sopesar, como en el mercado toquetear la madurez de la mercancía. Ah, pero no, apenas entras, se te enciman las pieles. Saben que uno procede de la calle, que viene sudado, que precisa un trago. Pero no te dejan ni respirar. Y si las desairas, al momento de subir a la pista jamás se detienen frente a ti, bailan del otro extremo.

6. La güeva universal de la teibolrorra

Nunca nadie como las teibolnalgas ha hecho tan suya la frase de Jaimito El cartero: “Hay que evitar la fatiga”. Se trepan a la pista con la creencia de que el sólo elixir de su cuerpo es suficiente para que uno les contrate un “privado”. No, doñas, ¿dónde quedó el exquisito arte de treparse al tubo? De escalarlo como se ataca una fila de las tortillas o la de la leche Liconsa. El simple hecho de moverse al ritmo en que se masca un chicle no es un mérito. Antes una teibolmorra valía por su capacidad rehiletera ante el tubo. Aunque debo aceptar que gran culpa tienen los dueños de los puteros, pues en algunos en lugar de tubo les ponen columnas.

5. ¿Me invitas una copa?

Como decía Lucas Lucatero: “Viejas, jijas del demonio. Las vi venir a todas juntas, en procesión”. Sé y lo clamo con justicia, que sentarse a una pollita a un lado amerita que se despache uno con un trago. No conformes con beberse un drink todavía quieren que les dispares bebidas a otras teibolpieles. Estás putas que crecieron con El Tío Gamboín. Eso sí, a toda madre cuando les invitas, pero nada más te quedas sin dinero y se acabó la Noche Buena, se acabó la Navidad.

4. Despertar con ellas

¿Alguien recuerda la prosti de la película El hombre de papel? El instante en que López Tarso descubre a la profesional sin peluca. No encuentra palabras para describir tal aberración. Porque es mudo. Así se queda uno cuando osa ser el cliente final, el valiente que acepta irse con la supuesta Mirilla o Scarlet casi a la hora del cierre. Se pega uno cada susto, que las cintas de Darío Argento saben a simpáticos episodios de Plaza Sésamo. No, compañeros, no le falten el respeto a la noche. La noche se acaba a las seis de la mañana y quien se atreva a ir más allá conocerá el maltrato metafísico.

3. A la prima se le arrima

Qué bonito se siente entrar a un agraciado congal y descubrir a tu prima Irma, la hija de tu tío el Gallinazo, arriba de la pista empinadota. Hasta ahí se aprecia el alcance de los genes. No basta que tu media hermana esté fichando en el Tropical, y que su mamá se canse de rogarle que abandone esa vida, y que tu otra prima jale en una sala de masaje. Qué bonita familia.

2. Aunque bien cobren ellas

Yo les quiero aconsejar, si me aceptan como amigo: en un tugurio donde no salten pelos, mejor no acampar. Digo, les compra uno la tella adulterada, el servicio, en ocasiones hasta cover, para que a las teiboleritas les salte la moral cristiana y no se desnuden por completo. Y no me salgan con que es “lo sugerente”. Queremos ver el lugar donde las arañas hacen su nido. Si no, qué chiste.

1. No me toques

Van a decir que soy un chovinista de a peso pero, la neta, por eso Monterrey rules. Allí puedes tocar a las chavas mientras bailan. Les puedes hacer hasta un papanicolau. Claro, con su consentimiento. Pero lo chido es que no se hacen del rogar. Eso debe suceder en todos los puteros. Las mujeres deben estar ahí para obsequiarse. Para qué se están guardando. Para cuando salgan de blanco. Chale. Ojalá las teiboleras del mundo fueran como las de Monterrey.

No voy a terminar con los cinco puntos de Otro rollo para sobrevivir a un table dance. Al contrario, les recomiendo que vayan y mueran. Paguen, gasten. Arrástrense, chillen. Perezcan, cerdos. El mundo le pertenece a las teiboleras malas. A las desdeñosas, a las indolentes.

Carlos Velázquez

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